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Ser Hermanos, nuestra vocación

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Datos básicos que podrás profundizar aún más en otras secciones de esta página web.

 

Los hermanos maristas somos hermanos consagrados a Dios, que seguimos a Jesús al estilo de María, que vivimos en comunidad y que nos dedicamos especialmente a la educación de los niños y de los jóvenes, con más cariño por aquellos que más lo necesitan.

 

San Marcelino Champagnat (1789-1840), sacerdote francés, fundó el Instituto de Hermanos Maristas de la Enseñanza en 1817.

 

El itinerario marista comprende las siguientes etapas: discernir vocacional inicial, prenoviciado o postulantado, el noviciado que culmina con la profesión de los votos o compromisos, y el postnoviciado, un período de formación académica y teológica para las tareas que se desempeñarán en los años sucesivos e iniciar de manera directa su dedicación a los niños y jóvenes en las más diversas situaciones, consciente de que su servicio constituye un valor inestimable.

 

Necesitamos hermanos y hermanas...

 

hermanos1Marcelino Champagnat, consciente de las carencias de la juventud y asaltado por numerosas peticiones procedentes de muchos lugares diversos, llegó a exclamar "Necesitamos hermanos". Hoy, en un nuevo contexto social y eclesial, pero con las mismas urgencias, Marcelino repetiría su deseo ampliándolo: "Necesitamos hermanos y hermanas, hombres y mujeres, religiosos, religiosas, laicos y laicas, profesores, animadores de grupo y voluntarios... que quieran vivir el proyecto de la fraternidad". Este imperativo de Marcelino recoge las palabras de Jesús: "La mies es mucha y los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la mies, para que envíe operarios".

 

Con ojos y corazones abiertos

 

hermanosáComo María, Marcelino tenía los ojos abiertos. Ella vio las necesidades de su prima Isabel y los apuros de una pareja de recién casados en Caná. Hoy, todos los hombres y mujeres que deseamos seguir a Marcelino, queremos mantener los ojos abiertos a la realidad que nos rodea. Cuando los rostros de los niños y de los jóvenes, cuando las carencias de los pobres y abandonados entran en la retina de una persona inquieta y sensible, no se puede caer en la indiferencia. Si hay un corazón generoso, provocan una respuesta. La escuela ha sido nuestra opción históricamente mayoritaria, pero hoy nos abrimos a nuevos problemas: los niños de la calle, la drogadicción, la pobreza profunda... Para atender tantas situaciones difíciles, necesitamos hermanos y hermanas, hombres y mujeres, religiosos y laicos.

 

Y pasión por el Reino

 
Marcelino fue un apasionado por el Reino de Dios. Entendió que el proyecto de Dios se expresa en el bien del hombre y de la mujer. Fue un místico en acción. Su convicción: "Amar a Dios y afanarse en darlo a conocer y hacerlo amar, ésa ha de ser la vida de un hermano". La pedagogía y la psicología son indispensables para acercarse a los jóvenes, pero no bastan. Marcelino contagió a los primeros hermanos su pasión por el Reino de Dios. Los educadores y educadoras, los animadores de grupos, los miembros del Movimiento Champagnat..., en la medida que participan del espíritu de Marcelino, se comprometen apasionadamente por el Reino. Estas personas son un regalo para nuestro Instituto, para la Iglesia y para el mundo de hoy.