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Rompiendo las rutinas habituales

 

La propuesta del Itinerario de Espiritualidad reunió de nuevo a un buen grupo de laicas y laicos de El Salvador, durante el domingo 11 de agosto. Rostros habituales de un camino iniciado y compartido desde hace unos años. Espacio propicio, como es el Hermitage, para detenerse y parar el activismo que nos acompaña permanentemente. Experiencia de silenciorompiendo rutinas habituales que posibilita la irrupción de preguntas trascendentales. Ocasión para practicar la contemplación y captar el latido de la realidad. Día para escuchar y acoger, para abrirse al otro a través del diálogo y enriquecerse desde una nueva visión.

 

En un primer momento se invitó a identificar la propia fisionomía espiritual, es decir, los rasgos de la forma de ser que se despliega en la vida cotidiana. En palabras del papa Francisco, al hacer la com¬pra en el mercado, caminando por la calle, en el lugar de trabajo con los compañeros, en las relaciones familiares. Fisionomía espiritual que se vive en un proceso comunitario, con otros y en el roce de la vida. Fisionomía que conforma una santidad compartida, en familia o en comunidad religiosa, una santidad que se forja en las relaciones y en los pequeños detalles que aportan un clima fraterno y divino a las relaciones cotidianas.

 

Iniciando un tercer núcleo del Itinerario se reflexionó sobre el camino recorrido en relación a la madurez espiritual. Los referentes de madurez espiritual promovieron una profunda confrontación: aceptar a las personas como son, aprender a "dejar ir", dejar de pretender demostrar al mundo lo inteligente que se es, dejar de buscar la aprobación de los demás, dejar de tratar de cambiar a los demás y concentrarnos en cambiarnos a nosotros mismos...

 

La espiritualidad marista nos centró en el carácter marino y apostólico de la misma. Recordamos a Champagnat en su propuesta de vivir al modo de María. María que inspira, que hace soñar. María, la peregrina, la de los pies llenos de polvo. María, la que reúne y promueve comunión, la que discierne, la de las cosas sencillas. Y recordamos a Champagnat en su gran celo apostólico, que hace crecer su espiritualidad. Le recordamos en su gran confianza en Dios (Nisi Dominus). Le recordamos en su profunda experiencia de Dios, vivida en la soledad como en el duro trabajo, desarrollada en medio de las personas, así como en los acontecimientos, a veces difíciles, de los inicios del Instituto.


De señalar, finalmente, el ambiente del grupo. La atención despierta, la calidad del diálogo, el nivel de participación, la normalidad del encuentro, son signos de madurez y de hondura. La propuesta resulta una hermosa inversión de la Provincia para esta dimensión del carisma, cual es la espiritualidad, que nos habla de sentido, de centro, de foco, de referencia, de futuro.